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    Netflix llegó al tenis, pero no sabe qué historia quiere realmente contar

    Cuando en 2021 comenzó a circular la noticia de que el tenis sería retratado a fondo en Netflix, muchos se frotaron las manos. El antecedente de «Drive to survive», una atractiva inmersión en el mundo de la Fórmula 1, permitía el entusiasmo. En 2023, cuando los primeros cinco capítulos de «Break Point» llegaron a las pantallas, la decepción alcanzó a muchos. La serie ofrece imágenes atractivas y descansa sobre un indudable y privilegiado acceso a varias estrellas del circuito, pero es un producto con un enorme problema: no sabe realmente qué quiere contar.

    Netflix llegó al tenis pero…

    No sabe, no quiere o no puede. Habría que conocer el contrato firmado, los acuerdos y limitaciones para que parte del tenis se permitiera este moderado viaje a su interior. Lo que sí se sabe es lo que se ve: todo indica que «Break Point» nunca tuvo la intención de contar qué pasa en el tenis, sino de mostrar a algunos tenistas. Puede parecer lo mismo, pero no lo es. Y lo primero es mucho más interesante que lo segundo, porque los tenistas pasan, pero el tenis y su circuito profesional permanecen. Y tienen una historia, un rico pasado que en «Break Point» no existe.

    El constante recurso al sonido amortiguado y las imágenes en primer plano, a veces ralentizadas, convierten lo real en irreal. Es toda una paradoja en un trabajo que se entiende como un documental, pero «Break Point» fluye en muchos momentos cubierto por una desconcertante pátina de irrealidad.

    Las dramatizaciones con los protagonistas tampoco funcionan bien, en general, aunque hay excepciones.

    El primer capítulo, dedicado al australiano Nick Kyrgios, lleva a cierto agotamiento al espectador. Sí, se sabe que Kyrgios es un «bad boy», sí, se sabe que rompe raquetas, sí, se sabe que es malhablado y también que es enormemente talentoso raqueta en mano.

    Pero lo que no se sabe es por qué le pasa lo que le pasa, por qué Kyrgios es así. El capítulo navega en un enojo e insatisfacción difusos con muchas imágenes y poca sustancia. La relación del tenista con su novia aporta humanidad, eso es cierto, quizás demasiado, cuando llega el momento en que el australiano le muestra por streaming su análisis de orina.

    Solo en el final, cuando Kyrgios habla de cuánto le molesta la soledad del circuito, se entiende un poco mejor su psicología y forma de pensar, asuntos que son un enigma en la mayor parte del capítulo.

    Lo dijo con claridad el belga David Goffin días atrás en el Abierto de Australia: «No la he visto aún. La verdad, no estoy interesado en ver a Kyrgios paseando con su novia. Esta serie no es interesante para los jugadores o la gente que vive el circuito de tenis».

    Hay algunos pequeños hallazgos y momentos genuinos, como el de la familia de Matteo Berrettini rallando queso parmesano en Roma, al igual que la madre de Ons Jabeur cocinando junto a la jugadora en Túnez. Hay allí, en esas dos estrellas ligadas al Mediterráneo, la humanidad y autenticidad que falta en buena parte de los restantes capítulos, y no precisamente por culpa de los retratados.

    En cuanto a los jugadores retratados, «Break Point» es profundamente europeo y norteamericano, con el añadido de Jabeur y Kyrgios. A eso se le suma que los comentaristas y expertos convocados también son del hemisferio norte. Andy Roddick, Chris Evert, Paul Annacone y Maria Sharapova dan además forma a un microcosmos de los Estados Unidos.

    «Break Point» es, así, un documental sobre tenis que es más pequeño que el tenis, un documental que deja una sensación jibarizada del deporte que retrata. Las imágenes son muy buenas, pero casi siempre frías. No hay espontaneidad en la mayoría de las entrevistas, no hay momentos «robados» a los protagonistas. No hay periodismo, y probablemente nunca se quiso que lo hubiera.

    Un ejemplo es el caso de Novak Djokovic, expulsado en enero de 2022 de Australia. Se cuenta muy rápidamente lo que sucedió, pero solo como obligado trámite veloz para pasar a otra cosa. No hay preguntas, no hay cuestionamientos, no hay vibración.

    «Break Point» es, sobre todo, una muy cuidada puesta en escena. Puede gustar mucho en el primer impacto, pero es un plato que tras dos bocados revela que no tiene gusto. No hay sal, no hay pimienta. Apenas unos cuantos dulces.

    El Abierto de Australia parece un quirófano, no un torneo. Falta calor, el ambiente real de certámenes que en «Break Point» no parecen certámenes. Los torneos, en muchos momentos, no son reconocibles. Roland Garros, en el capítulo final, es el que más se parece a sí mismo.

    Es interesante el comentario que hace Chris Evert sobre Ajla Tomljanovic («creo que le falta ser mala»), pero hay pocos momentos como ese.

    En contraposición, el diálogo en la habitación de un hotel entre la australiana y su entonces novio, Berrettini, exhibe el principal defecto de «Break Point», lo forzado de su estilo.

    Pedirle a dos jugadores que hagan una dramatización de una conversación banal (películas románticas o de terror) lleva inevitablemente a eso. Otra vez: al no haber periodismo, la espontaneidad se ausenta y la puesta en escena, por obligada, tiene sus fallas.

    Durante una entrevista que es parte del documental, Berrettini deja una frase interesante por su profundidad: «Me siento nervioso, pero trato de estar nervioso. Es algo bueno. Siempre se trata del balance entre la voluntad y el miedo. Si no hay miedo, no hay voluntad».

    Y habla de lo que implica para él enfrentarse a Rafael Nadal, ante el que cayó en las semifinales de Australia 2022: «No tengo la actitud correcta, estoy demasiado feliz de estar ahí».

    Berrettini, al igual que el noruego Casper Ruud, tenía posters de Nadal en su habitación. Kyrgios, sin dudas no, pero eso no le impide al australiano reconocer la dimensión del español: «Nadal es como un Dios».

    La griega Maria Sakkari revela humanidad, y son interesantes algunas cosas que dice y hace su entrenador. Lo mismo sucede con los problemas de depresión que explica la española Paula Badosa.

    En otro capítulo, el estadounidense Taylor Fritz es protagonista. Por momentos parece que el espectador se acercará a su alma, pero luego «Break Point» vuelve a ser «Break Point» y resuelve todo con incesantes primeros planos y acciones de juego.

    Seguramente el único momento incisivo y polémico que se permite el documental es con Toni Nadal y el canadiense Felix Auger-Aliassime. Hay una crítica dura a la decisión del tío de Rafael Nadal de no aconsejar a su jugador, porque lo que en realidad desea es que gane su sobrino. Las críticas en redes sociales y los comentarios ácidos del entrenador francés Patrick Mouratoglou generan la ilusión de que «Break Point» por fin decidió mostrar cómo funciona realmente el circuito.

    Sucede lo mismo cuando Ruud y su padre se pelean con los responsables de controlar el estado de las canchas de entrenamiento en Roland Garros. ¿Decidió acaso «Break Point» ser incisivo?

    No, es solo un momento, una ilusión. Porque el tenis tiene eso, es un conflicto permanente, conflictos de intereses, también. Pero «Break Point» prefiere mostrar otras cosas, aunque lo extraño es que aún no esté claro qué. Faltan cinco capítulos, pero hay algo que ya no se puede cambiar: el nombre. De todos los lugares comunes posibles, «Break Point» es indiscutible medalla de oro.

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    Ex jefe de Deportes de DPA y de La Nación, ex presidente de la International Tennis Writers Association (ITWA). Autor de "Sin Red", un viaje por el mundo siguiendo a Roger Federer y Rafael Nadal, y de "Enredados", sobre el equipo argentino de Copa Davis. Cubrió más de 60 Grand Slams y entrevistó a los principales protagonistas de la escena del tenis en los últimos 30 años.

    Comentarios (1)

    • Margarita Isse

      Lástima, material había

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