PARÍS – ¿Qué le pasa al tenis? Roland Garros deja una conclusión perturbadora: aquel deporte de caballeros está viviendo un momento extrañamente violento. Y nadie parece querer ni poder frenar la aceleración del asunto.
Cada vez más lejos aquellos tiempos de “peace & love” en las dos décadas de dominio y buen ejemplo de Rafael Nadal y Roger Federer, el diálogo entre los protagonistas y los poderes del tenis está en niveles mínimos, y los jugadores se han descontrolado.
No sólo ellos.
Más allá de sus disculpas, Daniel Vallejo debe tener claro a esta altura que su teoría no se sostiene: no es cierto, como le dijo a CLAY, que los hombres sean mejores que las mujeres a la hora de arbitrar un partido de alto voltaje. Lo único cierto es que hay jueces de silla mejores y peores. Hombres y mujeres.
Vallejo se equivocó, sí, pero Roland Garros también. Su reacción tuvo un aroma a cancelación, antes que a sanción. El torneo nunca explicó en qué basó la mayor sanción que haya impuesto nunca el torneo. ¿Conducta antideportiva? ¿No había otro camino antes que la multa demoledora? ¿No era posible hablar y llegar a un mejor resultado, acordar con el paraguayo una acción visible que efectivamente beneficiara a las mujeres, objeto de una discriminación que viene desde la noche de los tiempos?

¿Qué sucederá a partir de ahora con aquellos que tengan una divergencia con lo que sucede en un torneo, aunque el planteamiento sea erróneo, absurdo e incluso desagradable? ¿Qué hará un jugador ante el peligro concreto de convertirse en objeto de insultos y agresiones de todo tipo, de bullying, por el mero hecho de hablar y equivocarse? ¿Ya nadie se atreverá a decir lo que piensa?
La perspectiva es de un silencio profundo en un circuito sin líderes, porque Carlos Alcaraz y Jannik Sinner no lo son, ni quieren serlo. Ellos juegan. Y punto.
Ningún jugador salió en defensa de Vallejo, y no porque él sea el único que cree que Roland Garros tiene un serio problema en muchos partidos protagonizados por franceses. No hablaron, simplemente, porque no quieren exponerse a perder parte de su dinero. Tampoco la PTPA, fundada en su momento por Novak Djokovic, le dio contención a un jugador muy equivocado, sí, pero que fue directamente silenciado.
El silencio absoluto nunca es bueno. Llevado al extremo: para que ganen las ideas buenas debe haber ideas malas. No se puede matar el debate, y tampoco se puede debatir con la lógica más virulenta de las redes sociales, como bien comprobó recientemente Juan Carlos Ferrero, ex entrenador de Alcaraz.
El ex número uno del mundo ha hablado mucho de Alcaraz desde que fue despedido a finales de 2025, pero una cosa es hablar, y otra, que le hagan decir lo que no dijo. La interesante entrevista en el periódico italiano “Corriere della Sera” fue deformada al extremo por inescrupulosos community managers de diversos medios que trocearon y pegaron sus frases hasta hacerle decir lo que nunca dijo: que con él como entrenador, Alcaraz jamás se habría comprado un yate.

El problema, sin embargo, no es de los responsables de esas redes sociales, sino de los responsables de los medios que, en pos de mejorar sus cifras de audiencia, permiten que la propia marca del medio sea ensuciada y la relación con los protagonistas, destruida.
Cientos de profesionales rigurosos y serios en el corazón de los grandes torneos tienen menos poder que un community manager enclaustrado en su casa y decidido a disparar la audiencia y destruir al periodismo con un post sin ética ni verdad. Bien harían la ATP y la WTA en reflexionar acerca de su pasión cada vez mayor por los “influencers” y el arrinconamiento al periodismo.
¿Hay diálogo en el tenis, hay debate? Cada vez menos. Jim Courier lo planteó el mismo día del incidente de Vallejo: la jueza de silla del partido que Sinner perdió con el argentino Juan Manuel Cerúndolo benefició al italiano. Y en el de Vallejo ante Moise Kouame, la jueza de silla ayudó a levantarse del suelo al francés de 17 años y le alcanzó una toalla.
Eso no es normal, no es correcto, y debe ser objeto de debate. Lo haga una mujer o lo haga un hombre. Es lo mismo.

Pregunta sin respuesta porque el diálogo está, efectivamente, en niveles mínimos. Desde el violento partido entre el estadounidense Francis Tiafoe y el portugués Jaime Faria, pasando por el asunto sin solución del lógico rechazo de las jugadoras ucranianas a las rusas, hasta lo que dijo Aryna Sabalenka al plantear la huelga de jugadores: la carta que le habían enviado meses atrás a los Grand Slam nunca fue respondida. Eso es también violencia, ¿cómo es posible que lo más importante que tiene el tenis, sus jugadores, sean ignorados por los torneos?
Y a su vez, ¿cómo es posible que siga habiendo tantos jugadores en los puestos intermedios, del 30 al 90 del ranking mundial, que no dejan de quejarse del “sacrificio” de su profesión?
Salvo casos muy raros -el goleador argentino Gabriel Batistuta dijo muchas veces que en realidad no le gustaba el fútbol-, es razonable presumir que si alguien se dedica al tenis profesional es porque jugar al tenis le apasiona.
Aquel que se acomoda en esos puestos intermedios del ranking, sin necesidad de ser estrella, viaja por todo el mundo alojándose en muy buenos hoteles o apartamentos, con auto y chofer a disposición y jugando en escenarios únicos. Si se alcanza ese nivel el circuito, todos los años sobra dinero para comprarse al menos un par de buenos apartamentos y la existencia y la tranquilidad económica están aseguradas por el resto de la vida.
¿De qué se quejan, entonces?
La falta de respeto no es solo hacia la gente “común”, que trabaja de lo que puede, muchas veces en algo que no disfruta, y a duras penas gana lo necesario para vivir. Es, también, una falta de respeto hacia aquellos jugadores que, más allá del puesto 100 del ranking mundial, comienzan a hacer malabares para poder sostener el sueño de ser tenistas profesionales.
Un clarísimo ejemplo es el de la polaca Maja Chwalinska, 114 del ranking mundial, que este sábado jugará la final de Roland Garros, pero que mientras encadenaba nueve victorias consecutivas sufría porque no tenía dinero para pagar el hotel. Que Roland Garros se lo reembolsara al final del torneo no la ayudaba, ella no tenía dinero para pagar.

Hay demasiados jugadores que ignoran la realidad: la ajena fuera de la burbuja y la propia. Siempre los hubo, pero últimamente parecen ser más.
“Hemos visto recientemente reacciones muy extremas, dentro y fuera de la cancha”, advirtió el capitán del equipo argentino de Copa Davis, Javier Frana, en una serie de posteos en la red social X.
Es así, los lamentos y la insistencia en el “sacrificio” son constantes. Hay, evidentemente, sacrificios personales, pero la pregunta es si los beneficios no los compensan más que sobradamente. Y la respuesta es obvia.
“No lo entiendo: si yo hago lo que me gusta tengo que disfrutarlo”, dijo a CLAY el doblista brasileño Marcelo Demoliner, que hace un uso inteligente de las redes sociales para mostrar aspectos del tenis que no siempre se ven. “¿Cómo no voy a estar feliz?”.





