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El partido bisagra, el día cero de la nueva era del tenis – Carta desde Nueva York #12

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Hay partidos que superan a los torneos. Es el caso del que Carlos Alcaraz le ganó en las primeras horas del jueves 8 de septiembre de 2022 a Jannik Sinner. Eran los cuartos de final del US Open.
Es el caso, también, del que Rafael Nadal le ganó a Guillermo Coria en 2005. Era la final del Abierto de Italia.
Diecisiete años después, aquellos que vieron aquel partido no lo olvidan. Coria lo tuvo ganado, pero se impuso Nadal. Diecisiete años después, Sinner tuvo match point, pero ganó Alcaraz.
El recuerdo no pasa por los torneos, pasa por esos dos partidos. El Nadal-Coria, el Alcaraz-Sinner.
En aquella final de Roma, cinco horas y 14 minutos de una batalla a un nivel de intensidad que nunca se había visto, Coria tuvo la oportunidad de convertirse en el «jefe» del tenis sobre arcilla. Venía de perder la final de Roland Garros 2004 con Gastón Gaudio y la de Montecarlo 2005 con Nadal.
Pero Roma era una nueva oportunidad, implicaba llegar a París con el mejor de los impulsos. El impulso sería para Nadal, que se recuperó de una desventaja de 3-0 en el quinto set y ganó Roma para, un mes después, conquistar el primero de sus 14 Roland Garros.
¿Qué habría pasado de haber sido Coria el campeón en el Foro Itálico? Quizás, y sólo quizás, la historia de aquel 2005 en el que Nadal se hizo dueño del tenis hubiera sido un tanto diferente. Aunque lo cierto es que Nadal estaba llamado a dominar al tenis por muchos años. Coria, no.
¿Y si Sinner aprovechaba su match point ante Alcaraz? Eso importa un poco menos. Alcaraz y Sinner tienen algo de Nadal y Federer en cuanto a potencial duelo. Falta el revés a una mano, sí, pero están todos los condimentos restantes. Es un gran duelo.
Nadal era (es) el latino, al igual que Alcaraz. Federer, de Basilea, era (es) el alemán de Suiza, en tanto que Sinner, del Süd-Tirol, es el alemán italiano.
Lo más importante, sin embargo, es la electricidad con que vuela la pelota en sus choques. Basta con mirar el balance de enfrentamientos entre ellos, un 2-2, y ver que ninguno de los cuatro partidos fue sencillo: cada uno es la horma del zapato del otro.
Y aunque Nadal haya sido, por lejos, el mejor en los Grand Slam este año (ganó dos de los cuatro títulos), y aunque Federer regrese el mes próximo en Basilea (y no hay que olvidar a Djokovic, pese a su desconcertante 2022), estamos ante dos eras que se solapan.
La del «big three» sigue ahí, pero en Nueva York acaba de comenzar otra, un tiempo imposible de entender sin Alcaraz y sin Sinner.
Recuérdenlo aquellos que lo vieron: ese partido de madrugada fue el día cero. Una noche en la que se ve un punto como aquel que el español le ganó al italiano no puede ser otra cosa.
+Clay  La belleza de los Grand Slam - Carta desde Nueva York #5

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