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La rivalidad que transformó el tenis mucho antes que Federer, Nadal y Djokovic: “No debes ser su amiga, tienes que odiarla”

Chris Evert y Martina Navratilova | Netflix
Chris Evert y Martina Navratilova | Netflix
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MADRID – Mucho antes de que el mundo del deporte se dividiera entre la elegancia de Roger Federer, el espíritu de Rafael Nadal o el colmillo de Novak Djokovic, el tenis ya había vivido su mayor revolución cultural. Ocurrió en los años setenta y ochenta. Dos mujeres, 80 partidos oficiales entre ellas, 14 finales de Grand Slam y una tensión psicológica tan extrema que obligó a redibujar las fronteras entre el éxito, la ambición, la amistad y la salud mental.

Chris Evert y Martina Navratilova transformaron el tenis, llevándolo a un nuevo nivel y colocando a las mujeres a la misma altura o incluso más arriba que los hombres, una rivalidad que llega ahora a Netflix a través de ‘Chris y Martina: el set decisivo’. El documental de hora media repasa el viaje de las dos tenistas desde sus inicios hasta la actualidad con dos hilos conductores: la raqueta y el cáncer.

Como bien define Billie Jean King al analizar el nacimiento de la segunda generación del tenis profesional: “Si pudieras describir a quién quieres, Chrissy y Martina son perfectas”. Era el contraste absoluto, el guion cinematográfico ideal para enganchar a las masas. Por un lado, la chica de Florida: diestra, jugadora de fondo inamovible, femenina, con encanto. Por el otro, la chica de Checoslovaquia comunista: zurda, obsesionada por ir hacia la red y alejada del estándar femenino de Occidente en aquellas décadas.

A mediados de los 70, el tenis masculino vivía el nacimiento de estrellas como Bjorn Borg, Jimmy Connors o Guillermo Vilas. En el femenino, se apagaban las estrellas de Billie Jean King y de Margaret Court, dos de las más grandes.

“Yo era un par de años menor que Chrissie. Y pensaba ‘Oh, dios mío, mira esta chica’. Apareció justo cuando el tenis necesitaba sangre nueva, alguien que atrajera espectadores. La mirabas y wow. Qué mujer joven tan hermosa, tan femenina, y aun así una asesina en la cancha”, recuerda el exnúmero uno John McEnroe en el documental.

Esa mentalidad de asesina, camuflada tras una eterna sonrisa y un lacito en el pelo de niña buena, escondía una obsesión por la gloria. La producción de Netflix deja poco a la imaginación: Evert y Navratilova comenzaron siendo muy amigas en el circuito, pero la rivalidad en la pista contaminó la relación y acabaron casi odiándose.

Chris Evert y Martina Navratilova | Netflix
Martina Navratilova y Chris Evert, durante un viaje a Checoslovaquia en los 80 | Netflix

“Al principio estábamos mucho juntas en el vestuario y nos quedábamos en el mismo hotel, así que empezamos a pasar más tiempo juntas. Jugábamos al Scrabble. Nos hicimos amigas muy cercanas”, relata Navratilova. En la pista, sin embargo, la balanza no estaba equilibrada. Evert ganaba prácticamente siempre y llegó a dominar el cara a cara por 20-4 (la rivalidad acabaría con un 43-37 para Navratilova). Como admite la propia Evert con una honestidad brutal: “Para ser sincera, al principio me parecía bien ser amiga de ella porque yo era mejor. Martina era emocional, se ponía a llorar en la cancha, se venía abajo y no estaba en su mejor estado físico”.

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Pero la checoslovaca empezó a madurar. Su tenis comenzó a fluir y la cercanía se convirtió en un peligro para la número uno americana. En 1976, tras ganar juntas dos títulos de Grand Slam en dobles, Evert tomó una decisión drástica que cambió su relación. “Ella estaba jugando mejor y era como si me conociera demasiado bien. Conocía mi juego demasiado bien y fui a ella y le dije: ‘No puedo seguir jugando dobles contigo'”, confiesa Evert.

Para Navratilova fue un golpe. “Eso dolió. Aquí es donde Chris y yo somos bastante diferentes. Yo puedo competir contra alguien y después ir a cenar, gane o pierda. Pero ella tuvo que poner distancia porque solo era realmente cercana a jugadoras que no la podían ganar”. Evert no se esconde: “Odio decirlo, pero era más importante para mí ser la número uno que tener grandes amigas”.

Esta obsesión por el trono, esa burbuja, ese sacrificio, quedó latente tras el título de Evert en Wimbledon 1976. Tenía 21 años y era ya su quinto Grand Slam, pero en vez de la felicidad absoluta, se encontró con el vacío. “Estoy en la cancha sosteniendo el trofeo en alto y me siento realmente feliz, es una euforia increíble. Luego vuelvo a mi habitación de hotel y de repente sentí este peso y me tiré al suelo y no podía levantarme. Era un depresión. Y ahí me di cuenta y me dije: ‘Chrissy, no tienes amigas. Por eso estás tirada en el suelo. No importa que quieras un trofeo de Wimbledon. No tienes amigas y no eres feliz'”.

 

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El nacimiento de la némesis y el “lavado de cerebro”

La distancia impuesta por Evert encendió una mecha en el entorno de Navratilova. Y un 6-0 y 6-0 de la americana en la final de Amelia Island Championship en 1981 fue un punto de inflexión. Navratilova se puso en manos de Nancy Lieberman, una exjugadora de baloncesto que se convirtió en su entrenadora y su preparadora física, pero también en su psicóloga y en su pareja. Entonces, el cara a cara estaba dominado por Evert por 28-13. Pero Navratilova ganó 18 de los siguientes 20 encuentros. Lieberman había despertado a la bestia.

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“Nancy se enfadó con Martina”, relata Evert. “Simplemente le gritó ‘Tú eres mejor, en cada aspecto de tu juego eres mejor que ella. Ella no es la atleta que eres tú. No se mueve como tú. No golpea la pelota como tú”.

Ese discurso alteró la química de la rivalidad. Navratilova encontró en Evert su obsesión diaria: “Nancy dijo ‘No debes ser su amiga. Tienes que darle una paliza’. Entonces cuando me ponía a levantar pesas, pensaba en Chris. Cuando hacía todos los ejercicios, pensaba en Chris. A todas las demás las tenía bajo control. Ella era mi motor. Era a quien tenía que vencer”.

Para Evert, la entrada de aquella entrenadora en la ecuación fue una declaración de guerra psicológica. “Nancy no fue muy amable conmigo ni con Martina y como que le lavó el cerebro a Martina para que pensara que yo era la enemiga”. Navratilova, sin embargo, lo veía con la lógica del ranking: “Ella era la enemiga porque era la número uno. Yo era la número dos. Y ella era a la que tenía que vencer para llegar a la número uno. Decía: ‘No puedes ser amiga de Chrissy. Tienes que odiarla'”.

Cinco meses después de empezar con Lieberman, Evert se encontró al otro lado de la red con un robot tenístico que ella misma había ayudado a crear. “Martina se había transformado en una jugadora completamente diferente. Estaba delgada. Estilizada. Marcada. En forma. El cardio era genial. El golpeo era genial. Pero Martina no me hablaba”.

Aquel silencio helado en los pasillos de los torneos fue el precio que pagaron para empujarse mutuamente hacia los altares del tenis. Navratilova y Evert jugaron el último de sus 80 duelos en Chicago en 1988, 15 años después de verse las caras por primera vez.

Chris Evert y Martina Navratilova | Netflix
Chris Evert y Martina Navratilova se ríen durante el documental | Netflix

Después, el tiempo fue curando las heridas y acercando a dos extenistas que habían sido íntimas en su juventud. Hasta el punto de que en la actualidad comparten confidencias y se visitan asiduamente. Están unidas por la raqueta, pero también por la lucha contra el cáncer. Evert, de ovario; Navratilova, de mama y garganta.

Hoy, lejos de las pistas y de los rankings, Evert y Navratilova han descubierto que aquello que las separó durante tanto tiempo es también lo que las mantiene unidas. La rivalidad que cambió el tenis terminó convirtiéndose en una amistad capaz de sobrevivir al paso del tiempo, a la enfermedad y a los fantasmas de una vida dedicada a lo que mejor sabían hacer: ganar.

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