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Arthur Cazaux, a liderar la Revolución Francesa

Arthur Cazaux
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Un francés levanta al público australiano de sus asientos. Usa la gorra para atrás. Viste ropa Lacoste. Se mueve con estilo y agilidad. Castiga con un punzante revés a dos manos.

No es Sebastian Grosjean, es Arthur Cazaux.

El oriundo de Montpellier, de tan sólo 21 años, suelta la raqueta, festeja a lo Carmelo Anthony, como si fuera un triple para ganar sobre la chicharra. El tatuaje de una serpiente le recorre el antebrazo. Representa la “mamba mentality” de Kobe Bryant, su ídolo.
Ingresó al cuadro principal como invitado y, luego de una gran victoria en cinco sets frente a Laslo Djere, acaba de vencer a Holger Rune, la gran estrella de su generación.

Cazaux es contragolpeador por naturaleza. Resbala por la cancha como si fuera arcilla. Su topspin pesado y cruzado al fondo se intercala con poderosos tiros planos paralelos. Trae a sus rivales a la red con elegantes drops, para después dejarlos congelados en resignación con globos precisos, a lo Andy Murray.

Su potencia física es lo primero que llama la atención. Los largos rallies desde el fondo de la cancha no lo preocupan, parece disfrutarlos. Cubre su drive y su revés con la misma efectividad. No hay huecos. Con sus piernas parece siempre llegar en buena posición al impacto.

El francés cree que su pasado en handball tiene mucho que ver con eso: “Jugué al handball por siete años, hasta los 11, y eso me ayudó mucho. La velocidad, la agilidad, la resistencia. Trabajé muy duro durante esos años, y es algo que me ha ayudado mucho al insertarme en tenis”.

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Cazaux jugó para uno de los mejores equipos juniors de Francia, pero a los 11 años tuvo que tomar una decisión, porque el tenis también le demandaba mucho tiempo.

“Elegí el tenis porque estas solo. El desafío de cargar con toda la presión sólo es lo que me atrajo».

Sus capacidades físicas se lucieron en el Basecamp de las Next Gen Finals, en donde Cazaux ganó las pruebas de salto vertical, sprints de 10 metros, el test 5-0-5, y el drill estrella.

Los festejos alocados de un joven Jo-Wilfried Tsonga llegan como recuerdos lejanos. Y las certezas de futuros Grand Slams que cargaban la mochila de un adolescente Richard Gasquet.

O el delirio y asombro que generaba el talentoso Gael Monfils en cada estadio que pisaba.

En lo que va del siglo 21, el tenis francés fue todo promesas. Crece la nostalgia al recordar el último festejo grande, el de Yannick Noah en Roland Garros 1983, cada vez más lejano.

Grosjean, Arnaud Clément, Paul-Henri Mathieu, Nicolas Mahut, Michael Llodra, Gilles Simon, Gasquet, Monfils, Tsonga, incluso el casi retirado Lucas Pouille. Talentos que pasaron. Con esa fineza, ese tenis estético y técnico.

En Australia corre un halo de revolución en el aire. De revolución francesa. La consigna es superar el umbral de las ilusiones. Atravesar esa frontera.

Al frente de la tropa van nombres como Arthur Fils, Luca Van Assche y Arthur Cazaux.

La batalla recién comienza, puede durar años.

El objetivo está claro: volver a ganar un título de Grand Slam entre los hombres.

No quieren leer historia, quieren escribirla.

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