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La belleza de los Grand Slam – Carta desde Nueva York #5

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NUEVA YORK – Es cuestión de gustos, no hay aquí leyes ni normas a seguir. Los Grand Slam son cuatro, y cada uno tiene sus razones para amar uno por encima del otro. ¿Incluso para detestarlo?
Sí, por qué no. Hay gente que ama Wimbledon y detesta el US Open. O que se encandila con Roland Garros y no entiende eso del césped. O que se fascina con Australia y enloquece con el clima cambiante y el talante estirado de tantos franceses.
Pero este jueves, en un día en el que el US Open conmemoró su Pride Day (Día del Orgullo) y llenó sus instalaciones de los colores del arco iris, podemos ser positivos y hacer un listado de las belleza de los Grand Slam.
– La belleza del Abierto de Australia: es el más veraniego de todos los torneos, casi como ir a la playa para ver tenis. Y a la gran cultura deportiva de los australianos se le suma lo que conocen de tenis, la enorme historia que tienen en ese deporte. En el Rod Laver Arena, híper moderno, se ve el tenis como en muy pocos sitios. Y antes y después del torneo, el que quiera, puede irse a la playa tomándose el tranvía. Con un extra: el torneo coincide con el «Australia Day», el Día Nacional de Australia. Cuando los fuegos artificiales estallan en el cielo de Melbourne, todo se interrumpe, también el partido en disputa
– La belleza de Roland Garros: hay que decirlo desde el principio; pocos torneos en el mundo son tan elegantes como el Abierto de Francia. En la cambiante y a veces traicionera primavera parisina se ven verdaderos desfiles de moda. Y en el rectángulo naranja del Philippe Chatrier, batallas con mucha épica. ¿Será el polvo, será la pasión de una tribuna que sabe mucho de tenis? Algo hay en París, la señal, cada año, de que el verano está por llegar al hemisferio norte
– La belleza de Wimbledon: llenarse los pulmones de césped y sonreir. Wimbledon y Londres nos emocionan porque nos recuerdan que de ahí, del mundo briánico, salieron muchas cosas que amamos. Deportes, música, teatro, literatura. Llueve menos que en París, aunque el mito diga otra cosa. Y el court central, ese que acaba de cumplir cien años, es inigualable. Allí se juega un tenis que es diferente, especial. Y ningún silencio es tanto silencio como el que se respira allí
– La belleza del US Open: ¿Silencio? Los neoyorquinos no saben qué es eso. Lo dijo Rafael Nadal en este US Open, ese ruido permanente molesta al principio, pero termina siendo aceptado. En el Arthur Ashe, el estadio de tenis más grande del mundo, pasa de todo, en especial música y comida. Es un sitio para hablar, gritar, bailar… y en las pausas ver tenis. También en las canchas exteriores en una dulce noche de final de verano, como en la foto que ilustra este artículo. Curiosamente, nadie va a la playa como en Melbourne, aunque alcanza con subirse al metro para llegar a Rockaway Beach.
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