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De entrenarse con un colchón como rival a sentir que lo tratan como a Nadal: la felicidad del argentino Facundo Díaz Acosta

Díaz Acosta
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PARÍS – Durante la pandemia del covid-19 muchas cosas fueron posibles. ¿Un ejemplo? Ser tenista y tener como rival a un colchón.
Menos de tres años después, el rival del argentino Facundo Díaz Acosta se llama Jason Kubler, un australiano de 30 años que ocupa el puesto 67 del ranking mundial. Díaz Acosta, de 22 años y 137 de la clasificación ATP, pierde 6-1 en el quinto set, pero vive uno de los días más felices de su vida: disfruta de un torneo en el que siente que lo tratan como si fuera Rafael Nadal.
Y eso, en Roland Garros, es mucho decir.
«Por donde lo mires hay mucha diferencia. La gente que se mueve, todas las canchas llenas, todas son lindas… Los vestuarios las bolas, te atienden como si fueras Nadal… Y el polvo acá es increíble, no pica una bola mal, es increíble, ¡en las líneas pican bien! Es increíble  todo muy distinto», dice un Díaz Acosta al que la sonrisa no se le va de la cara.
Es comprensible: su vida pasa por los challengers, el escalón inferior en el circuito de la ATP, el duro ambiente en el que, si se sobrevive, se obtiene el derecho (y el dinero, y los puntos) para jugar los ATP 250 y 500, los Masters 1000 y los Grand Slam.
Díaz Acosta, que comenzó el año jugando un challenger en Noumea, Nueva Caledonia, no había disputado nunca el cuadro principal de Roland Garros, torneo al que ingresó como «lucky loser». Sus dos títulos en el circuito challenger (Oeiras y Savannah) le permitieron jugar la clasificación para uno de los cuatro grandes torneos del tenis. Y sentirse, por un rato, tratado como si fuera Nadal, el hombre que conquistó 14 veces el Abierto de Francia.
«Venía de una buena racha en Portugal, pero llegué medio justo con los tiempos para la clasificación. Busqué tratar de disfrutar del lugar donde estoy, son torneos que no se juegan todos los días. Y a veces me costó un poco, miraba para afuera, escuchaba los ruidos de la Suzanne Lenglen, que estaban todos gritando. Me costó caer dónde estaba, y eso a veces te juega una mala pasada. Mi objetivo era disfrutar, agarrar un poco de experiencia en estos torneos».
Facundo Díaz Acosta durante el primer partido de su vida en el cuadro principal de Roland Garros / SEBASTIÁN FEST
Zurdo, ágil y luchador, Díaz Acosta vivió estos días en Roland Garros con los ojos bien abiertos, devorándose cada imagen, cada momento.
«Es que vas a una cancha y está llena, a la otra y está llena, Todo el torneo es increíble, la cantidad de gente que se mueve. Me voy sorprendido, los torneos challengers que juego son otra cosa, otra vida. Es como el día y la noche».
Lo es. Por ser campeón en Oeiras, Díaz Acosta cobró 9.880 euros. Por llegar al cuadro principal de Roland Garros y perder en primera ronda, 69.000.
Es como comparar el día con la noche, qué duda cabe.
Es, también, un contraste similar al del recuerdo de aquellos meses en medio de la pandemia en los que el argentino no podía salir de su casa. No podía entrenarse, tenía la movilidad prohibida. De a poco, Díaz Acosta, estaba dejando de ser tenista.
Pero él quería se tenista. Lo había sido con éxito, dos años antes, en los Juegos Olímpicos de la juventud en Buenos Aires. ¿Podía permitir que la pandemia acabar con su sueño?
Díaz Acosta, por entonces de 19 años, apeló a un colchón, un colchón que se convirtió en su sparring. Ubicado en el patio de su casa, a veces dentro de ella, si llovía, se cansó de lanzar raquetazos para que la pelota volviera, amortiguada, pero volviera. Y para que la raqueta no se le convirtiera en un elemento extraño.
Una serie de obstáculos burocráticos lo condenaban a estar en su casa, no tenía los papeles necesarios para moverse con libertad, mucho menos para viajar a Europa y competir.
Y cuando la única esperanza llegó a ser un colchón, ganar o perder es un detalle. Díaz Acosta se acuerda bien de aquellos meses de angustia, y por eso valora doblemente lo que vive hoy. No importa haber perdido en el quinto set. En ese luminoso mediodía de primavera parisina, él sabe que ganó: es un tenista profesional con toda una carrera por delante.
«Me costó un poco volver a sentirme jugador, disfrutar de los viajes, estar en la cancha. Hoy creo que estoy en ese camino, buscando disfrutar y tener una sonrisa en la cancha, porque eso te hace jugar mejor».
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