PARÍS – Este lunes será el décimo mejor tenista del planeta, pero el mayor aporte que le está haciendo Flavio Cobolli a su deporte no pasa por el ranking ni por los resultados, sino por su alegría y su carisma.
En un deporte, el tenis, donde con demasiada frecuencia se escucha hablar de “sacrificios” y de insatisfacciones por parte de jóvenes que son exitosos y millonarios, Cobolli representa un regreso al sentido común, una normalidad demasiadas veces ausente.
Hay que escucharlo y se entenderá por qué. Tras perder la final de Roland Garros, el italiano dio una verdadera lección de buen gusto y calidad humana.
“Quiero felicitar a Sascha por este título. Creo que se lo merece. También creo que hoy se lo merecía más que yo al final del partido. Pero también quiero darme las gracias a mí mismo por lo que he hecho en estas últimas dos semanas. Nunca en mi vida habría imaginado un resultado así, y estoy muy orgulloso de mí mismo. Así que ahora solo quiero sonreír de oreja a oreja y disfrutar de la noche con amigos, con la gente que quiero”.
Una “sonrisa de oreja a oreja” tras perder una final. Eso no suele escucharse en el tenis, donde muchas veces el sentido de la realidad se pierde. Cobolli es exactamente el tipo de estrella que el tenis masculino estaba necesitando.
“Es una final de Grand Slam, creo que en esta sala nadie esperaba mucho de mí”, le dijo a los periodistas. Así que tengo que estar orgulloso de mí mismo e intentarlo una y otra vez”.
Cobolli, de 24 años, maneja con maestría un discurso que combina dosis de simpleza con pinceladas de humor, además de una sutil ironía autoflagelatoria. El resultado es que en tiempo récord se convirtió en uno de los jugadores predilectos del circuito: cualquiera quisiera tener un hijo, un hermano, un amigo o un novio como él.
Es el triunfo de lo simple. El tenis masculino, con criente tensión en los últimos tiempos, está dominado por el italiano Jannik Sinner, de perfil bajísimo y que ya confesó que no le fascina hablar con los medios tras cada partido, y el español Carlos Alcaraz, un vendaval que hace un tiempo que parece haber sido aplacado para que sus declaraciones tengas las menores aristas posibles. Hablar con un guión claro para evitarse problemas.
Lo de Cobolli es distinto, habla sin guión, lo suyo suena auténtico. El italiano de 24 años es entrenado desde los 17 por su padre, Stefano, que en 2003 llegó a ser el número 236 del ranking. Durante su niñez y adolescencia, padre e hijo acordaron que no hablarían de tenis, pero sí de fútbol, la otra gran pasión del finalista de Roland Garros. Hasta que Stefano, hoy de 49 años, consideró que Flavio estaba listo y asumió la dirección de su salto al profesionalismo.
Francesca es la madre de Cobolli, y el jugador le dedicó este domingo unas reflexiones plenas de emoción.
“A mi padre prácticamente solo lo veía a la hora de cenar, así que me pasaba todo el día con mi madre; me regañaba por todo, estaba ahí en todos los entrenamientos, así que hasta los 16 o 17 años no tenía coche; además, en Roma, ya te puedes imaginar lo peligrosos que son los coches y las motos, así que mis padres nunca confiaron en mí y siempre prefirieron acompañarme”.
Lo que hace su hijo en el tenis es un asunto de absoluta prioridad para Francesca, explicó Flavio tiempo atrás.
“No se toma muy bien los partidos, además es muy supersticiosa. Se hace la dura, incluso ha llegado a encerrarse en el baño durante cinco horas porque había ganado un partido. Es muy supersticiosa y no hay que tocar sus rituales”.
Francesca estuvo hoy en París, en el estadio Philippe Chatrier.
“Hay que darle las gracias, creo que se merece haber estado aquí hoy; nunca viene, casi nunca, precisamente porque así somos en la familia. Mi madre tiene un papel importante en mi vida, pero creo que ahora ha encontrado su equilibrio quedándose en casa, estando con mi hermano, trabajando. Así que solo viene cuando siente la necesidad de estar ahí, de traerme algo de energía positiva”.
En Cobolli no hay arrogancia ni vanidad, sino más bien genuino asombro por lo que logró en estas dos semanas.
En la final que perdió este domingo en cinco sets con el alemán Alexander Zverev, Cobolli fue autor de puntos sublimes y de errores groseros. Nada sintetiza mejor esto que los dos últimos puntos del tie break del cuarto set, que el italiano ganaría 7-5.
En el primer punto, con Zverev vencido y anclado en el fondo, Cobolli tenía una volea de muy sencilla resolución y el tiro se le fue afuera por varios metros. Pero en el siguiente punto se redimió con una derecha paralela repleta de potencia y precisión. Lo sublime y lo espantoso. Flavio Cobolli, tómalo o déjalo.
¿Qué sucedió en esos dos puntos? La pregunta puede extenderse a todo el partido.
“Cerré mis ojos”, respondió el italiano.
¿En los dos puntos o sólo en el primero?, quiso saber el periodista.
“Quizás en ambos”, dijo con una sonrisa Cobolli. “La verdad, me sentía cansado en el tie break, pero también me dije que saliera a buscar los puntos, que quizás ganaba el set y ya podría ver qué sucedía en el quinto. Pero sí, creo que cerré mis ojos. Eso a veces ayuda”.





