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«Me quité el odio que tenía adentro» – entrevista a Marco Trungelliti

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BARCELONA – La paternidad y la pandemia cambiaron a Marco Trungelliti, en el centro del escándalo tiempo atrás, cuando denunció la manipulación de partidos. A sus 34 años, el argentino vive el tenis de otra manera, con más fortaleza mental y sus prioridades más claras.

«Empecé a pensar distinto para sacarme el odio que tenía adentro”, dice durante una entrevista con CLAY junto a la piscina del Real Club de Tenis Barcelona.

Es el 197 del mundo, y su mejor ranking fue 112, pero se hizo conocido por denunciar corrupción en el tenis ante la Unidad de Integridad del Tenis. Trungelliti mantiene sus principios, aunque ahora aborda sus luchas desde otro lugar, más maduro, más sereno, más personal.

“Me generó bastante depresión durante un par de años”, confiesa.

En el Torneo del Conde de Godó se reencontró con su mejor versión, superó la qualy y llegó a los octavos de final. Libre de lesiones y cuentas pendientes, habla en profundidad de que hoy nada le impide disfrutar de su deporte y de las cosas buenas que éste le regala, como conocer Ruanda, un país que le impresionó.

Trungelliti critica el manejo que tuvieron las instituciones posteriormente a su denuncia, y aclara que no tiene ningún interés en hablar con su compatriota Federico Coria, uno de los suspendidos tras el caso.

– ¿Está en uno de sus mejores momentos?

– Sí, sobre todo, mentalmente. Tenísticamente pude antes haber estado jugando mejor, pero, cuando me veía, no me gustaba lo que veía y mentalmente estaba muy inmaduro. Aun teniendo 26 o 27 años, había cosas que no terminaba de corregir mentalmente y, hoy en día ya llevo siete meses sin una lesión que me tenga que parar un mes y medio o dos. Era algo importante para mí para saber dónde estaba parado. Estoy compitiendo mejor y estoy entendiendo un poco más el tema de los bajones dentro de la cancha y de tratar de revertir lo más rápido posible la situación. Si mentalmente no estás, el resultado es bastante obvio. No tengo 20 años ni puedo jugar 35 semanas al año, creo que nunca lo hice en mi vida ni aun estando relativamente fresco.

– ¿Esto que cuenta explica su triunfo en el Challenger de Kigali?

– Sí. Si bien en una situación distinta, porque hay altura y los puntos son más cortos, pero, al mismo tiempo, también tenés un poco más de presión si te equivocas con tu saque. Yo tenía cierta experiencia jugando en altura porque antes se hacían muchos torneos en Colombia, con la misma altitud. Mentalmente, me dio mucho aire, principalmente porque gané un challenger después de bastante tiempo y después porque hubo cierto cambio en cuanto a la madurez a la hora de encarar y plantear los partidos desde el lado mental.

Marco Trungelliti
Marco Trungelliti se abrazó con su madre luego de ganar el Challenger de Kigali en Ruanda

– ¿Lo está trabajando de manera diferente, con algún psicólogo?

– Siempre tuve psicólogo. Tenía uno antes que falleció, que se llamaba Juanjo Grande, y empecé con otro que se llama Tomás Navarro, que en España es bien conocido. Y si bien no soy de estar escribiendo toda la semana cómo me funciona el cerebro, me tomo mi tiempo para analizar ciertas cosas y comprenderlas. Toda mi vida fui así: necesito comprender para saber qué estoy haciendo, no es que soy una maquinita que acepta una terminología o un concepto y ya tira para adelante. También el hecho de tener un hijo me ayudó mucho a cambiar la perspectiva.

– ¿Cómo se la cambió?

– Yo no sabía cómo para qué lado me iba a pegar, si para el lado del retiro, de no querer perderme nada, de estar con mi hijo y verlo crecer y de disfrutarlo, o si me daba una perspectiva distinta en el sentido de darle la importancia justa a las cosas que me sucedían, ya fuesen derrotas, lesiones o maneras de ir a un torneo. Era una cuestión que íbamos a ver cuando naciera, para qué lado pasaba. Si era por el lado de quedarme más en casa, yo creo que me hubiese quedado con la espina de poder hacer esto, pero también lo hubiese comprendido porque era algo que me estaba saliendo del alma. Sin embargo, salió para el otro lado: comprendí que tal vez era un momento para apretar un poco más.

– ¿Cómo fue la experiencia de jugar en Ruanda? ¿Cómo es el tenis allí?

– Están intentando abrirse. Que la ATP haya puesto torneos en África me parece hermoso y bárbaro porque empieza a abrir un poco más de cancha a África que, en general, es un continente olvidado en todos los aspectos. Y el torneo fue espectacular, nos trataron como reyes. Es una cultura distinta, vimos un país extremadamente seguro, en un continente que nadie piensa que es seguro. Hablas con la gente y vas conociendo otras experiencias, el hecho de que hace 20 años estaban tirando tiros por todos los lados y era un país muy pobre a lo que es hoy, es impresionante cuando ves las calles limpias y gente que se respeta. Obviamente hay muchos prejuicios, no necesariamente malos, sino por desconocimiento. Si se empieza a hacer más torneos, la gente va ir cambiando la perspectiva que tiene sobre África. Tengo entendido que van a seguir con el torneo el año que viene, así que fantástico. Envié un par de raquetas para la gente de ahí que me estuvieron pidiendo. ¡Un poco de amor a la vida!

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Marco Trungelliti es fanático del café. En la foto, en Ruanda en una cafetería junto a su madre / IG: MARCO TRUNGELLITI

¿Le dio tiempo a visitar un poco el país?

– Muy poquito, pero suficiente. O sea, nunca es suficiente, pero estuvo bien porque, a mí, el turismo me gusta hacerlo lo más cercano posible a la gente normal para conocer realmente cómo viven o qué hacen o si están contentos o no, o qué esperan, que no, o tal vez qué piensan de la gente de afuera. Lo que sí hice fue visitar el monumento al genocidio de Kigali, que te cuenta la historia de lo que pasó ahí y vale la pena; te da un buen golpe a la realidad.

– Pasaron por una guerra fratricida y cruenta…

– Sí, tremendo… Pero hoy en día se autodenominan todos ruandeses, no hay más etnias como había antes, si bien aún hay mucho camino por recorrer para sanar, pero, por lo menos, los ves que viven en paz, relativamente; hay mucho control, mucha policía, mucha gente armada y yo creo que están dispuestos a hacer lo que se tenga que hacer para mantener la paz. Para lo que estaba el país hace 20 o 25 años, todo es muy valorable y tal vez a nosotros, hoy en día, nos vendría bien aprender un poquito.

– Años atrás agarró la bandera del juego limpio y la sacudió con su denuncia de partidos amañados ante la Unidad de Integridad del tenis. ¿Considera cerrado ese capítulo? ¿Le quedó algo por hacer? ¿Cree que cambió algo desde entonces?

– Cerrado no va a estar nunca, porque la marca quedó para bien y para mal. Para mal, en el sentido de que me generó bastante depresión durante un par de años; nunca fue diagnosticada. Pero hoy, si veo para atrás a cómo yo me veía y cómo entraba a la cancha para intentar jugar al tenis, era imposible. Nunca pensé en suicidarme ni esas cosas, pero me costaba bastante el día a día. Hoy no me molesta. Siempre pensé que las organizaciones hubieran podido actuar de manera distinta y eso hubiese ayudado mucho. No sé si ha cambiado. Tal vez al principio yo sí esperaba que cambie, pero hoy en día, viendo cómo está la cosa y para dónde va direccionado todo, no espero más nada. Yo sé cómo voy a actuar, sé cómo actué, sé cómo le enseñaré a mi hijo cómo actuar y hasta ahí me estoy limitando. Pensar en algo más grande, creo que es bastante difícil hoy en día y creo que tal vez poniendo cada uno su granito de arena das el ejemplo a la gente que importa.

– ¿En lo personal no lo quedó nada que piense «podría haber…»?

– Sí, tal vez me hubiese preparado de manera distinta. Yo confié mucho en que las organizaciones iban a salir a respaldar a la gente que estamos obligados a hacer lo que yo hice; que la gente no lo haga, es distinto. Sentí que tenían que salir a decir algo, aunque fuese con una estupidez, poniendo en un papel «pasó esto, apoyamos a todos los que quieren hacer este tipo de denuncias, etc.». Eso hubiese sido suficiente en un momento, después evidentemente no, pero hubiese ayudado mucho a la parte mental mía y eso no pasó.

– ¿Lo decepcionaron?

– Sí, mucho. Estuve bastante tocado. Me costó lesiones, me costó años, estuve bastante mal hasta que me dio COVID en un torneo y me quedé encerrado 20 días en una habitación. Ahí tuve tiempo para pensar sobre todo lo que necesitaba pensar. Eso, paradójicamente, me cambió; me cambió las perspectivas en general y, a partir de ahí, empecé a vivir bastante mejor.

Marco Trungelliti en la sede del ATP 500 de Barcelona // NOELIA ROMÁN

– ¿Pudo hablar en profundidad del tema con alguno de sus compañeros?

– Sí. Hablé bastante. Algunos tienen otro punto de vista, la mayoría, por lo que me dijeron, nunca haría lo que yo hice, pero, básicamente, por la respuesta que hubo de las organizaciones, no porque no se animen a hacerlo. Viendo el destrato que yo tuve, la gente después no se anima, lo cual es totalmente normal. Empecé a pensar de manera un poco distinta, sobre todo para sacarme un poco de odio que tenía dentro, de bronca, de desesperación y, al final, creo que, hoy por hoy, ya estoy un poquito mejor. Ayudó mucho lo que dije, mi hijo y cambiar un poco las perspectivas y dejar de darle tanta importancia a cosas en las que no se podía hacer nada.

– A Federico Coria [uno de los tenistas suspendidos tras la denuncia de Marco Trungeletti], le está yendo bien. ¿Se sentó a hablar con él?

– No y no tengo ningún interés, ni cerca ni de saludarlo ni de nada.

– ¿Porque usted siente que puede estar en polos opuestos o por qué?

– La manera en la que se comportó fue bastante floja. A mí tal vez lo que siempre me jodió es que muchos argentinos al final lo terminaban apoyando a él en lugar de a mí. Es como que, o apoyás a uno o apoyás al otro o bien te quedás en el medio. Y, a mí, como que directamente me dejaron bastante de lado. Eso fue lo único que no me gustó de mi país. Después, yo creo que, con el tiempo, también hubo cierto cambio de generación, los chicos que vienen son bastante jóvenes y, cuando me conocen, empiezan a decir ‘ah, bueno, tal vez no era tanto lo que decían, sino que parece un ser humano un poco más normal’. Y en eso estamos. Hay cosas que, probablemente, no salen más, pero no me molesta, ya estoy bien. Y si a Coria le va bien, al final, no necesariamente hay que ser buena o mala persona para que te vaya bien. Él está haciendo bien su trabajo, que es jugar bien al tenis, tiene buenos resultados y ya está, no hay más vuelta que darle.

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– ¿Cómo se sintió el año pasado cuando volvió a Argentina después de unos años de no ir?

– Más o menos. Creo que es, en general, con la situación del país, que se ve a la gente muy estresada, triste, y son gente cercana, familiares, amigos, y eso nunca termina siendo bonito.

– ¿Le preocupa la situación política?

– Sí. Está bastante caldeado todo el asunto allá, por lo tanto, no me divirtió mucho y, hoy por hoy, no elijo volver, por más que tenga una familia allá.

– ¿Sigue de cerca lo que pasa?

– Más o menos, porque mi vida en el futuro no va a ser nunca ahí. Me voy a quedar en Andorra, donde estoy con mi esposa. A peores, migraremos para otro lugar, pero Argentina hoy en día está extremadamente lejos de cualquier opción mental que tengamos de hacer eso, sobre todo por la crianza de nuestro hijo. No lo disfruté mucho, pero estuvo bien ir, en parte porque visité a mi abuela, que ya estaba más cerca de irse que de quedarse; falleció a las dos semanas y fue como si nos estuviera esperando, así que fuimos a eso. Y, después, por la parte tenística, también, porque era momento de decir basta con esto de no volver por lo que pasó hace un montón de tiempo. Me carcomía la cabeza en determinada situación tener una conversación con mi hijo en el futuro y decir ‘no, no volví porque nunca me animé o porque tenía miedo de o por las cosas que podían decir’. Quería sacarme ese peso de encima y, al final, me lo saqué. Si tengo una conversación con mi hijo el día de mañana, voy a decir ‘sí, me costó, pero, al final, volvimos, que era lo importante’.

– Entonces, ¿no descarta volver a jugar el torneo de Buenos Aires en el futuro?

– Va a ser difícil, porque me queda lejos y ya me acostumbré mucho a estar acá en Europa. Los viajes son cortos, es más fácil ir y volver, y también es más barato, podés volverte a tu casa en cualquier momento. Es difícil irse a Sudamérica, sobre todo porque no hay la disponibilidad de vuelos que se necesita a nivel tenístico y el precio es 10 veces más. No es un continente que esté, para mí, adaptado para recibir mucho tenis, porque cuesta una fortuna.

– Usted dijo en una entrevista “o me querés mucho o me odiás con toda tu alma, me da la sensación de que es eso”. ¿A qué se refería?

– Tal vez un poco a mi personalidad, a la de antes; yo era muy tajante, o era blanco o era negro y, al final, se hace muy difícil vivir así, porque estás metido todo el día en una vara. Y, como estás jugando constantemente, muchas veces jugás mal porque sos un ser humano y te equivocás en los juzgamientos y estás frito. Entiendo que a mucha gente eso le choque. La gente es un poco más política. Yo no es que voy gritando a los cuatro vientos, pero tal vez sí te das cuenta de que algo no me gustó.

– En esta entrevista, lanzó ya varias propuestas para cambiar algunas cosas en el tenis. ¿Se ve en un futuro, cuando deje de jugar profesionalmente, aportando desde el lado organizativo?

– Pudiera ser. Todo va a depender de cuánta libertad tenga. Hay muchas cosas todavía en la cabeza, pero, en principio, si puede ser algo relacionado con el tenis, entrenador, yo diría que no, pero, al mismo tiempo, es de lo que más sé y es un poco caprichoso decir «no, me dedico a otra cosa». Cualquier otra cosa que haga tengo que arrancar de cero, mismo si es algo administrativo, hay que prepararse, no es que esté hecho para cualquiera y también hay que tener los contextos en cuanto a todo lo que está armado y en lo que está basado el circuito en general.

– ¿Cree que su personalidad le abriría puertas?

– Sí y también me las cierra. Está mezclado. Dependiendo del objetivo que tenga esa organización en ese momento, puede que te sirva un poco más o te sirva un poco menos, pero no me veo en el intermedio. O sí o no.


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