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Absurdo, épico o histórico, el quinto set del tenis tiene cada vez más enemigos: “¿Es realmente necesario?”

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Cuando Ben Shelton y Carlos Alcaraz se abrazan en la red después de cuatro horas y media de partido, cinco sets y un supertiebreak incluidos, el reloj marca las 3:34 de la madrugada en Nueva York. Las gradas del Arthur Ashe, el estadio más grande del mundo, están semivacías. 

La escena puede ser al mismo tiempo la mejor publicidad posible para el tenis y una de las peores formas de venderlo. Es una imagen en la que se entrelazan lo épico y lo absurdo y que ha vuelto a abrir un debate que lleva muchos años sobrevolando la industria del tenis. ¿Tiene sentido seguir jugando partidos al mejor de cinco sets?

La respuesta del pasado es un “no” rotundo. ¿Qué sería del tenis sin los quintos sets? La final de Wimbledon 2008 entre Federer y Nadal no existiría; tampoco la del Open de Australia de 2012 entre Djokovic y Nadal; ni el Federer-Roddick de Wimbledon 2009; ni el Alcaraz-Sinner de Roland Garros 2025, que no hay que irse tan lejos. Son solo cuatro ejemplos que demuestran que los mejores partidos de la historia, los más recordados, han sido gracias al quinto set. 

Sin embargo, la respuesta del presente es un “tenemos que pensarlo”. El boom de la industria del deporte y los hábitos de consumo de las nuevas generaciones son dos “poderes” que están presionando hacia un deporte más ágil, más rápido y no tan rígido en la norma e imprevisible en los horarios como el tenis. 

El partido de Alcaraz y Shelton es el ejemplo perfecto de la contradicción. Los quintos sets generan una épica que el tenis necesita, pero también provoca un caos que el negocio pretende evitar. ¿Cuántos aficionados pudieron ver el Shelton-Alcaraz entero en directo? ¿Cuántos espectadores abandonaron la retransmisión antes de conocer el desenlace? Y, sobre todo, ¿qué televisión puede construir una programación alrededor de un deporte en el que un partido puede durar dos horas o cinco y en el que un encuentro programado para la noche puede acabar cuando casi está amaneciendo?

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Desde luego, no es un problema nuevo. El tenis lleva años intentando reducir la incertidumbre de sus horarios. Los Masters 1000 ya dieron un paso importante en esa dirección: las finales, que durante años se disputaron al mejor de cinco sets, pasaron al formato de tres en 2008. La decisión buscaba hacer los torneos más previsibles y manejables, acercar el producto a las necesidades de la televisión y aligerar la carga física de los tenistas.

La discusión ha vuelto a aparecer ahora con mucha más fuerza. Casi en paralelo al Shelton-Alcaraz, el nuevo CEO de Tennis Australia, Andrew Abdo, abrió la puerta a que el tenis pueda plantearse en el futuro cambios de formato, incluida la posibilidad de abandonar los partidos al mejor de cinco en los Grand Slams. 

“Quizás en el futuro, en los Grand Slam, en las diferentes rondas o con distintas duraciones… no juguemos al mejor de cinco durante todo el torneo, quizás cambie el sistema de puntuación”, dijo Abdo durante la cumbre deportiva SportNXT celebrada en Melbourne. “Quizás haya diferentes cambios sobre cómo involucrar y entretener a las audiencias sin perder la esencia, y lo que realmente hace especial al deporte. Son preguntas que necesitamos explorar y descubrir, y creo que hay un lugar para evolucionar eso”.

El Open de Australia tuvo que salir a apagar el fuego. “Aunque la innovación está en el ADN del Open de Australia, el tenis de los cinco sets va a quedarse”, señaló la organización en sus redes sociales. Una reacción que demuestra hasta qué punto tocar esta cuestión es entrar en territorio sensible: incluso cuando alguien plantea simplemente debatirlo, aparece inmediatamente la sensación de que se está intentando desmontar una de las señas de identidad del deporte.

“¿Realmente necesitan los Grand Slams ser al mejor de cinco sets? Cuatro o cinco horas se siente una locura para los jugadores e incluso para los fans”, escribía en X Manu Ginóbili, leyenda del baloncesto, poniendo encima de la mesa una cuestión que resulta difícil de ignorar para cualquier aficionado: ningún otro gran deporte permite que un partido de máxima competición termine habitualmente a esas horas como consecuencia de su propio formato.

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Pero también es cierto que el tenis es diferente precisamente porque no tiene reloj. Un partido puede cambiar en un punto. Y nadie está liquidado hasta que acaba el partido. Que se lo digan a Qinwen Zheng, que levantó en este US Open dos encuentros consecutivos en los que perdía por 5-0 en el tercer set. 

 

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La fórmula de que los partidos de tenis acaben cuando se llegue a un determinado marcador y no cuando lo diga un cronómetro es fundamental para el deporte de la raqueta. Lo llena de incertidumbre y hace que el manejo del cansancio, del físico y de las emociones tenga un peso fundamental, mucho más que en la mayoría de los deportes. Es la identidad del tenis. 

Eliminar los quintos sets tendría, por tanto, un coste tremendo. Haría el producto mucho más fácil de programar, permitiría empezar y terminar los partidos con mayor previsibilidad y probablemente facilitaría su consumo televisivo. La pregunta es qué se está dispuesto a peder para conseguir que dure menos.

El tenis ya ha demostrado que puede cambiar. Los Masters 1000 cambiaron. Los tie-breaks cambiaron. Los formatos cambiaron. Incluso los Grand Slams introdujeron super tie-breaks en el quinto set para evitar que los partidos se prolongaran indefinidamente, como aquel Isner-Mahut de Wimbledon 2010 que duró 11 horas y cinco minutos.

Quizá la solución no tiene que ser acabar con los cinco sets, sino encontrar una manera de proteger aquello que los hace especiales sin obligar a los jugadores a terminar un partido de cuartos de final de un Grand Slam a las 3:34 de la madrugada.

Porque el partido que nadie quiere que vuelva a ocurrir a esas horas puede ser exactamente el partido que, dentro de veinte años, todo el mundo recuerde. Y ahí está la gran paradoja del tenis: los quintos sets son demasiado largos para la televisión y demasiado valiosos como para eliminarlos sin más.

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