La imagen de Tomás Martín Etcheverry saltando en el court central Gustavo Kuerten del Rio Open mientras los ball boys y ball girls brasileños cantaban “¡Etche, Etche!” celebrando al argentino confirma algo: el mayor torneo de Sudamérica no necesita en realidad a Joao Fonseca.
El Río Open tiene vida propia desde hace tiempo y más allá de lo que suceda con los tenistas locales: ningún brasileño alzó el trofeo de campeón en singles en sus 12 ediciones, y el certamen lleva ya tres campeones argentinos en forma consecutiva sin que el entusiasmo del público se resienta.
No importa si Fonseca no gana, la potencia y el futuro del torneo no dependen de él, y eso es también una gran noticia para el brasileño de 19 años, sobre el que pesa cada vez más y más injusta presión.
Dicho esto: qué bueno es que Fonseca exista. Quedó claro este domingo, con el electrizante y agónico triunfo de Fonseca y Marcelo Melo en la final del dobles.
A esta altura no hay dudas de que jugar en Río de Janeiro, en su ciudad, representa una presión añadida para el brasileño. Ser entonces campeón en dobles es una gran ayuda para la edición 2027: ahora sabe qué se siente ser campeón en su tierra… aunque sea en dobles, y sumó además horas y experiencia en ese estadio central que lleva el nombre de Gustavo Kuerten, nada menos.

Tras una edición que tuvo de todo, desde la visita del jefe máximo de la ATP, Andrea Gaudenzi, hasta tormentas eléctricas interrumpiendo la marcha del certamen para desembocar en un dominio frenético y de emociones, el torneo sale fortalecido. Fue una semana de emociones a flor de piel y el público, en pleno Carnaval, volvió a responder, al igual que los patrocinadores.
¿Necesita Río a Fonseca? No, aunque tenerlo es una bendición, y la historia apenas acaba de comenzar, hay mucha aún por escribir.
¿Necesita Río pasar a jugarse en cemento? Quizás. Pero si eso sucede, una parte de su magia se perderá. El tenis sudamericano es esencialmente sobre arcilla, en tardes y noches de calor y humedad saturada, con un público enardecido. Ni Río ni Buenos Aires serán lo mismo si abandonan el polvo naranja.





