MADRID – Arantxa Sánchez-Vicario aprendió a competir contra las mejores cuando todavía era una adolescente. Steffi Graf dominaba el tenis mundial, Monica Seles irrumpía con una fuerza descomunal y Gabriela Sabatini representaba otra forma de entender el talento. En aquel escenario, la española encontró su sitio a base de insistencia, hasta convertirse en número uno del mundo y dominar también el dobles.
“Sacar a Steffi del número uno fue un lujo”, señaló Sánchez-Vicario, de 54 años, en una entrevista con CLAY en la que repasó los grandes duelos de su carrera, su legendaria rivalidad con Graf, el cariño de la grada alemana o la dificultad titánica de reinar de forma simultánea en la modalidad de individuales y dobles.
La cuatro veces campeona de Grand Slam (Roland Garros 1989, 1994 y 1998 y US Open 1994) participará este fin de semana en Murcia en una charla organizada por la Fundación Decyde bautizada como “La Bola Imposible”.
– ¿A qué dedica ahora su tiempo Arantxa Sánchez Vicario?
– Vivo en Miami y me dedico a mis hijos, principalmente. Son mi máxima prioridad ahora mismo, ser mamá. También juego al tenis y sigo a tenistas; sigo muy de cerca el circuito. Pero principalmente a mis hijos.
– Han pasado ya muchos años desde su época dorada, ¿cree que las nuevas generaciones saben quién es usted y lo que hizo?
– Muchos no lo saben, claro, pero es normal. Los grandes ídolos hemos sido ídolos en un momento determinado y ese momento ha pasado. ¿Quién de esas nuevas generaciones reconocería ahora, por ejemplo, a Cassius Clay o a Bobby Charlton? Por eso le digo que es normal que no me conozcan. No me preocupa porque la historia está ahí, esa no se borra. Me preocuparía más que no me reconociera la generación que creció viéndome jugar.
– Hace poco decía en una entrevista que se instaló en Estados Unidos porque había más oportunidades.
– Sí, sin ninguna duda, muchas más.
– Me decía Manolo Orantes hace unos meses que él se sentía un poco infravalorado en España y que, por ejemplo, en Estados Unidos le reconocían como un campeón. ¿Usted siente algo parecido?
– No, no lo creo. En Estados Unidos hay más oportunidades laborales. Es un hecho y es una realidad. En España la gente te trata y te reconoce, pero laboralmente es mucho mejor en Estados Unidos. El caso de Orantes no lo conozco. Manolo habla por él y yo hablo por mí, porque yo aquí en Estados Unidos estuve de comentarista en televisión cuando vine. Aquí la vida va a otro ritmo y hay otra cultura del deporte. Todo se hace a lo grande.
– Usted llegó al deporte de élite siendo todavía una niña, ¿qué tuvo que sacrificar?
– Yo me hice profesional con 14 años. Perdí cosas, pero gané otras. Perdí esa parte de niñez y esa parte de adolescencia. Pero no me arrepiento. Volvería a tomar la misma decisión una y otra vez.
– Compitió en la época dorada del tenis femenino, con Steffi Graf, Monica Seles, Navratilova, Hingis… ¿cuál era la rival que sacaba la mejor versión de Arantxa?
– Puff… Yo coincidí en mi época con un grupo de jugadoras enormes, éramos como 10 o 15 y no quiero citarlas a todas porque seguro que me dejo a alguna, pero sí es cierto que las finales más importantes de mi carrera han sido contra Steffi o contra Monica. Todas ellas sacaban lo mejor de mí. A mí me encantaba jugar contra las mejores, disfrutaba de jugar en los grandes escenarios, disfrutaba jugar esas finales. Yo siempre me recordaba que en un Grand Slam empiezan 128 pero solamente dos llegan a la final. Entonces, jugar esas finales era maravilloso.
– ¿Qué era lo que le llenaba?
– Cuando tenía el público a mi favor me crecía muchísimo. Y casi siempre he tenido el público a mi favor. Eso me daba una motivación extra. Incluso cuando en Alemania jugaba contra Steffi Graf he llegado a tener el público a mi favor. Eso me motivaba y sacaba lo mejor de mí. Y yo creo que a ellas también les gustaba jugar conmigo, porque yo sacaba lo mejor de ellas. Eso es lo bueno que tiene el deporte: que tú quieres jugar contra la mejor, sacar lo mejor de tus rivales y poder jugar una final épica que quede para la historia. Con todas estas jugadoras ellas sacaban lo mejor de mí y yo sacaba lo mejor de ellas. A mí me gustaba y era un lujo poder jugar esas finales con las mejores. Y para llegar a ser la número uno del mundo pues tuve que jugar contra todas ellas. Sacar a Steffi del número uno fue un lujo. Ahora este tipo de rivalidades no se dan tanto.
– ¿Cómo fue eso de jugar en Alemania contra Graf y que la gente le apoyara a usted?
– Sí, en algunos momentos de los partidos contra Graf allí me animaban a mí. Yo gané dos veces el torneo de Hamburgo (1993 y 1994) y gané a Steffi en las dos finales, en su casa, delante de su público, fueron dos grandísimas finales. El público de Hamburgo me animaba por momentos porque es un público que entiende de tenis y obviamente querían ver un gran partido. Además, disfrutaban de mi juego. Allí entienden mucho de tenis y Hamburgo era el torneo más importante que había en Alemania. Para mí era un placer y un lujo saber que, incluso jugando contra ella en su casa, el público me ayudaba. Y además, sabían que yo hablaba alemán porque cuando yo hablaba me refería a ellos en las ruedas de prensa o en los discursos en la pista y lo hacía en alemán. Me acuerdo perfectamente que siempre coincidía nuestro torneo con el día de la madre y que yo le dedicaba la victoria a mi madre. Ese público era un lujo, gente que aprecia el buen tenis. Disfrutaba del tenis, disfrutaba de mi juego, de mí y de mi personalidad.
– ¿Dónde aprendió a hablar alemán?
– De pequeña estuve internada en un colegio alemán. Aunque yo me hice profesional con 14 años, la Federación Alemana de Tenis me dio una beca y tenían un colegio en Marbella. Ahí estuve entrenando y estudiando, todo en alemán. Entonces tuve que aprender sí o sí el alemán y eso me ayudó mucho después. Ahí es donde conocí a Steffi. Era la figura de allí.
– Tuvieron grandes batallas, hasta siete finales de Grand Slam
– Me acuerdo sobre todo de la final de Roland Garros de 1989, cuando gané mi primer Grand Slam. Ella venía de ganarlo absolutamente todo. En 1988 ganó los cuatro grandes y también el oro olímpico. Estaba imbatible. Además, en la final de Roland Garros del año anterior había ganado 6-0, 6-0 a la entonces número cinco del mundo, Natasha Zvereva, en 37 minutos. Con eso, la gente pensó que en la final de 1989 iba a pasar lo mismo contra una niña española de 17 años que nunca había jugado una final. La gente se pensaba que iba a ser una final muy rápida. Y al final, mira, se rompieron todos los pronósticos y la derroté después de esa gran final de tres horas. Eso fue lo más satisfactorio, porque tú vas viendo tu progresión hasta ganar a la mejor. Una siempre lucha y trabaja para ganar a la mejor y a la número uno del mundo. Y cuando llega, pues piensas ‘Si yo he ganado a esta pedazo de campeona, yo también puedo ser la número uno’.
– Y no estaba desencaminada…
– Todavía faltaba mucho, pero al final se consiguió. Fui número uno en individuales y en dobles a la vez, que es más difícil. Eso en el tenis de ahora es prácticamente imposible porque ya nadie de los singlistas juega dobles todo el tiempo. Ser número uno en individual y dobles de forma simultánea solo lo han conseguido unos pocos, es un grupo muy selecto (Navratilova, Davenport, McEnroe, Hingis, Clijsters y Serena Williams)
– Le quería preguntar por su relación con Gabriela Sabatini, una de sus grandes rivales. ¿Cómo era su relación?
– Con Gaby tenía y tengo muy buena relación. De hecho, coincidí con ella durante la introducción de Federer en el Hall of Fame, porque yo soy una de las personas que vota y Gaby vino como invitada. Pasamos allí dos días juntas recordando viejos tiempos, anécdotas, y la verdad es que ella fue una gran rival y también una gran compañera, una gran amiga y una gran persona. Tenemos muy buena relación. Nos vemos poco, pero cuando nos vemos siempre hay mucho feeling, respeto y cordialidad.





